Cazador

Llegué como a eso de la media noche para investigar la actividad paranormal en el cementerio del pueblo. En cuanto crucé la alta reja de hierro, una neblina espesa vino a recibirme. Me interné en ella sin prestarle mucha atención. Debí haberlo pensado dos veces. Al poco tiempo había caído inconsciente por la falta de oxígeno. No había podido conciliar el sueño la noche anterior ni la pasada, así que la pequeña siesta fue bien recibida por mi inconsciente. Al despertar, me encontré en una vieja cripta de cantera.

Me incorporé lo más rápido que pude, palpé mi cabeza, buscando algún indicio de sangre. Al levantar la mano casi pude tocar el techo. Estaba solo, pensé, pero sin mayor daño. Quienes fueran que hayan estado detrás de esta treta habían cometido su primer y último error: dejarme con vida.

Pese a que el techo era bajo, la cripta era enorme y constaba de una serie de cámaras iluminadas por antorchas en las paredes. Caminé por varios minutos, a sabiendas de que al final del camino me esperaban mis captores, ansiosos de hacer escuchar sus demandas. Tal vez había sido el golpe o la activación de mi inconsciente al ser premiado con unas horas de necesario sueño, pero mientras vagaba por la cripta mi mente transitaba la serie de eventos que me habían llevado precisamente a este punto de mi vida.

Antes que nada, permítanme presentarme. Mi nombre es Soul, eso es todo. Así es, no tengo apellido, no tengo familia ni amigos ni hombres ni mujeres. Soy un viajero sin raíces. Y, sí, también soy un cazafantasmas. No me gusta el nombre para nada, me recuerda a esa estúpida película ochentera de hombres en overoles que cazaban espectros, como si fuera servicio de comida rápida. El mundo real no es una película apta para toda la familia. Yo soy un especialista en destrucción sobrenatural, un asesino de asesinados, es decir, desaparezco fantasmas y cualquier ser que no sea de este mundo. No me interesa viajar de pueblo en pueblo rastreando espíritus de leyendas, eso sería un desperdicio de mi tiempo. Nada es nuevo bajo el sol, las sombras son lo que me apasiona.

Lo que me trajo a este pintoresco pueblito, cuyo nombre no importa, fue una serie de siniestros que tenía a la población en jaque. Una espesa neblina azulada era despedida desde el viejo cementerio del pueblo, cual si fuera vapor de locomotora, se internaba en las viviendas aledañas y, sin nadie saber por qué ni cómo detenerlo, atraía a los niños como la miel a las abejas. Esto ocurría en medio de la noche, muy a pesar de los padres, quienes, ni cerrando sus puertas con candado podían evitar que los niños, poseídos, saltaran por las ventanas o se propulsaran contra las puertas hasta abrirlas y escapar, adentrándose en las sombras para no ser vistos jamás. Al principio se perdía un niño cada mes, luego cada semana, ahora ocurría a diario. Alguien debía detenerlo.

Así que por eso estoy aquí, en esta claustrofóbica cripta que, para mi suerte, se vuelve más alta y más amplia conforme avanzo en ella, siguiendo la luz de las antorchas que mis captores convenientemente colocaron para guiarme. No puedo evitar notar el olor que aumenta con cada paso que doy. Huele a humedad, moho, hierro y sal. El olor a hierro comienza a prevalecer entre los otros. Estoy dentro de una carnicería.

¿Cuántos son? ¿Diez? ¿Veinte? No, más de cuarenta. Una cámara profundísima, del triple de alto que las anteriores, con estacas de casi dos metros de altura, clavadas firmemente en el suelo. Sobre ellas yacen los cuerpos inertes de los desaparecidos. La estaca les penetra el ano para salir directamente por la boca de los infantes. En medio de esta escena: un hombre sentado en una silla sin ninguna preocupación en el mundo, con una mesita al lado y una larga botella de vino sobre ésta, cruzado de piernas como en la sala de su casa, sosteniendo una larga vara con una esfera azul claro en la punta. Un solo segundo ante esta escena es suficiente para darme cuenta (mi nariz no me dejará mentir): los cuerpos infantiles presentan un avanzado grado de descomposición. Por las expresiones en sus rostros y en sus ojos trastornados cualquiera puede inferir la violencia de sus muertes. Ninguno de ellos parece mayor de quince años.

Ahora estoy riendo. Río con más fuerza. Normalmente tiendo a ver la vida del lado positivo: todos vamos a morir. Pero no es por eso que río. He visto cosas mil veces peores, he visto la lluvia profusa que sobreviene inmediatamente después de una batalla, como si el cielo llorara las almas de los caídos. Pero ese no es el motivo de mi risa sino la silueta de ese hombre y su patética ingenuidad.

¿A caso eres el Conde Empalador? —pregunto con sarcasmo—. ¿Estás tratando de imitar a Drácula?

El hombre que yace sentado en esa elegante silla con alto respaldo se levanta, termina de beber su copa de vino y sujeta con fuerza la vara que tiene al lado.

—¡Maravilloso! ¡Justo como te habían pintado las leyendas! —exclama, separando los brazos en señal de impresión. —¡Soy un gran admirador tuyo, Soul! ¿Qué me dices de todo esto? La fuerza vital de los niños es impresionante, ¿puedes sentirla? Toda esa impotencia y confusión. Aun ahora, el alma de estos niños está aquí con nosotros, nos observan.

Cual reflejo involuntario, disparo mi pistola semiautomática y le abro un agujero en mitad de la frente. La bala de plata atraviesa su cráneo y sale por el otro lado. El hombre cae sobre su elegante asiento, aún con una sonrisa torcida dibujada en su rostro. Vuelve a erguirse de inmediato.

—Qué malo eres, Soul. Todavía no terminaba de hablar. —El agujero de su frente comienza a cerrarse—, pero supongo que ésa es tu forma de aceptar los cumplidos. Tienes el porte de un asesino: esa mirada fría y afilada, carente de emociones, ni siquiera cuando disparas pestañeas. Eres tan poco emocional, como yo. A fin de cuentas, no somos tan diferentes.

—Las emociones son una pérdida de tiempo, al igual que seguir hablando contigo. Si alguna vez se interponen en mi camino, sólo debo eliminarlos y problema resuelto. Y en cuanto a tu intento de hacer amigos, existe una diferencia esencial entre los dos: tú ya estás muerto.

Despido una ráfaga de balas. Lleno el cuerpo de mi adversario de gruesos agujeros que, al instante, se llenan de una sangre espesa, casi negra. Él continúa sonriendo de esa manera torcida, con los ojos muy abiertos y mirando al cielo, burlándose. El cuerpo de mi enemigo vuelve a sanar, la sangre derramada continúa donde mismo, formando un charco bajo los pies de este hombre.

Es inútil, Soul. No puedes matarme. He devorado el alma de muchos niños. Necesitas mucho más que unas simples balas para acabar con mi vida.

—¿Cuál es tu nombre? —pregunto con indiferencia.

—Al igual que tú, me deshice de él en cuanto gané un poder que sobrepasaba al hombre común. —Da un pasó al frente y hace una reverencia. ¿Quién se cree, un caballero inglés del siglo XVIII?—. Llámame Nero. ¿A qué se debe el súbito interés?

—Quiero saber el nombre del enésimo idiota que enfrento, creyéndose inmortal. Mis viajes son muy aburridos y paso el tiempo narrando la forma de morir de mis enemigos; los más patéticos suelen ser los que arrebatan más risas de la audiencia.

—Hablas con mucha confianza —dice, poniendo un tono mas serio—, pero no pareces el tipo de persona que viaja con compañía.

—Es verdad, me atrapaste. Cuánta agilidad mental. Déjame adivinar, ¿eres nuevo en el manejo de la Necromancia? —Su semblante permanece tranquilo, pero sus ojos evitan mi mirada. Parece que acerté.

—¿Y qué si lo soy?

—Por eso digo que no eres otra cosa sino un simple idiota. ¿En verdad creíste que por comerte las almas de estos niños serías inmortal? ¡La inmortalidad no existe!

Nero comienza a reír tranquilamente, como si hubiera hecho un mal chiste. Mi arma ya está recargada, ahora con balas de acero. Es una pistola pesada, semiautomática, modificada por mí mismo, con un largo cañón y capacidad para dos cartuchos simultáneos.

Pobre de ti, Soul. ¿Es que ver al rey de los caídos ha nublado tus sentidos? Si continúo devorando las almas de más y más niños, nadie será capaz de matarme. Seré verdaderamente inmortal e invencible, pues contaré con un ejército de muertos vivientes, o mejor dicho, fantasmas vivientes. Controlar las almas de estos niños es algo muy fácil para mí, los oculto usando la neblina y les ordeno que me traigan a más niños vivos y que maten a quien se interponga. No hay nada más placentero que ver un cuerpo humano retorciéndose, luchando por su vida. Al principio luchan con todas sus fuerzas, como cualquier ser viviente amenazado. Eso es disfrutable, pero el verdadero deleite estético se encuentra después de horas, cuando el cuerpo todavía resiste pero la mente ha colapsado. Muchos de ellos imploran la muerte, sus cuerpos se relajan, aceptando su destino; inclusive algunos presionan con mayor fuerza su propio cuerpo para que la muerte sea más rápida. ¡En una palabra: maravilloso!

Este tipo frente a mí no es muy diferente al resto. Su mente está podrida. Eso pasa seguido con aquellos que juegan de forma imprudente con la muerte. No lo odio, tampoco me indigna, ni siquiera estoy enojado. Acabar con la vida de un paciente terminal se llama misericordia, y parte de mi trabajo es liberarlos de su sufrimiento.

—¿Qué te pasa, Soul? Estás muy callado. ¿Comienzas a sentir pena por estos niños?

—¿Pena? Pena significa tristeza y hasta ternura. Soy un cazador. Lo que les haya pasado a estos niños está fuera de mi alcance e interés. Mi objetivo es uno: destruir todo lo sobrenatural que amenaza la vida humana.

—Qué aburrido eres —dice Nero, quien vuelve a sentarse en su trono de la muerte—, igual no puedes matarme. Terminare rápido contigo. Tengo mucha hambre y aún hay niños que esperan convertirse en mi alimento.

Nero agita su vara y del piso, de las paredes y del techo, emerge un gran grupo de fantasmas de niños. Todos ellos poseen un aura poderosa, la marca de quien ha muerto violentamente, incapaz de hacer algo en su defensa. Enfrentarme a tantos de ellos, en un territorio desconocido y repleto de estacas afiladas, es una mala idea. Aunque Nero aparenta confianza, estoy seguro de que controlar a tantas almas por sí mismo está consumiendo toda su energía y concentración. El muy idiota está a punto de caer. Levanto mi arma y disparo. Pero no le atino a Nero en ninguna parte de su cuerpo, mi objetivo es otro.

—Fallaste. Tienes tanto miedo que ya no puedes apuntar bien. En fin, eso no importa.

Comienzo a reír nuevamente. ¿Comer almas? ¿Tener su propio ejército de fantasmas que maten por él? Nero pudo haber sido un buen contrincante si no hubiese sido tan ingenuo. Dejó su debilidad claramente expuesta y lo peor es que no se había dado cuenta.

—¿Qué es tan gracioso? ¿Finalmente enloqueciste? —pregunta, aún sin entender lo que está pasando—. Eso no importa. Fantasmas, mátenlo.

Pero los espíritus de los niños están inmóviles. Nero comienza a impacientarse.

—¿Qué no me oyeron? Acabo de darles una orden. ¡Mátenlo! —Se levanta de su trono y me señala con su larga vara. Finalmente lo entiende. La esfera azul al final del bastón tiene una gruesa grieta que envuelve todo el objeto. Unas delgadas capas de humo salen despedidas de su interior a gran presión.

—Buena puntería…

—Gracias por todo, Nero. Me haz dado un buen material para mi próxima historia. Robarás muchas risas, que ya no almas. Tu primer y último error fue capturarme con vida en vez de matarme. Bastaba con ocultarte y mandarme a tu ejercito de muertos, pero en lugar de eso te presentaste frente a mi con tu punto débil a plena vista. Creo que sabes lo que ocurrirá ahora que he roto el objeto que usabas para controlar a los fantasmas.

Finalmente la esfera azul se rompe en pedazos. Los fantasmas parecen desorientados, mirando de un lugar a otro, pero rápidamente caen en la cuenta de lo ocurrido. Todos los niños, cuyas almas había capturado Nero, ahora están libres, observándolo. Siguen envueltos de una poderosa aura y, al unísono, se van contra su victimario. El camino de la impotencia a la venganza es muy corto.

Yo permanezco quieto, tranquilo, como quien observa el agua correr. Nero grita y suplica, pero no hay fuerza en este mundo que pueda detener esta venganza. Lo golpean, lo cortan, lo insultan. Si alguna vez todos esos restos frente a mí componían a un hombre, ahora ha quedado totalmente irreconocible. Una vez que el general encuentra la muerte a manos de sus propios soldados, me vuelvo y emprendo la retirada.

De repente, una intensa luz blanca y amarilla ilumina mis espaldas. No es necesario darme la vuelta para saber lo que ocurre. Los fantasmas ahora pueden descansar en paz.

¿A dónde van las almas de los muertos? No lo sé y no me interesa. ¿Existe otro mundo además de este? ¿Cómo sabemos que hay algo en lugar de nada? Ése es el trabajo del filósofo, no del cazador.

No es necesario que lo diga, pero éste no es un final feliz, es sólo la conclusión de uno de mis muchos trabajos. No hay forma conocida de revivir a los muertos. Es verdad lo que me dijeron las madres de ese pueblo, cuyo nombre no mencionaré por carecer de importancia: es injusto que unos simples niños murieran de esa forma. Pero eso no me interesa. Ya lo había dicho antes, no soy un juez ni un sacerdote. Sólo busco y destruyo seres sobrenaturales. Es lo único. Las vidas salvadas o las pérdidas, son sólo daño colateral. Las emociones son innecesarias en este trabajo, si se interponen en mi camino, sólo debo eliminarlas. Ahora me marcho de este pueblo en busca de mi siguiente trabajo.


Adaptación de Ricardo García.

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