Un padre, que no deja de ser un hombre

Juliana, hija de un maldito y de una madre amorosa, tuvo una infancia llena de luz, llena de lujos. Nada le faltó, a excepción de algo vital: el amor paterno que tanto se necesita.

Era una niña con un cabello rojizo y ondulado que le llegaba a los hombros, tenía unos ojos castaños muy tiernos y tan dulces como la miel, y una piel que se asemejaba al marfil. Algunos de estos atributos los había obtenido de su madre y de su abuela. Y fue por esto que su padre fijó su mirada en esa chica: su hija.

Él llevaba tiempo con pensamientos inapropiados, ideas que sólo pertenecían a alguien tan salvaje y enfermo como el mismo demonio, sentimientos que iban más allá de un común amor de un padre hacia su pequeña.

Fue así que un día no pudo más con eso que lo consumía completamente, aquello que hacía arder todo su ser. Protegido por una densa oscuridad, entró en el cuarto de la pequeña, la sometió, ató sus brazos y piernas a las esquinas de la cama, y, muy cuidadosamente, colocó un pedazo de tela en la boca de Juliana para evitar que gritara. Todo esto lo hizo de una forma casi seductora, como si tratara de convencer a la chica de que lo hiciera por las buenas, acariciando constantemente su cabello y su mejilla de forma cariñosa y pidiéndole con un susurro al oído que no se alterara, prometiéndole que todo estaría bien. Pronto desabrochó ese vestido de tela tan suave, color perla, y, con una sonrisa maquiavélica, dio rienda suelta a sus más bajos deseos como mortal.

Cuando la noche terminó y el sol se impuso en el horizonte, el hombre convertido en bestia desapareció de la habitación, y en la pequeña e inocente chica surgió un temor, una enorme vergüenza y un gran odio.

Pasó noches sin dormir. Durante semanas, esa imagen en su mente que no desaparecía ni un segundo la atormentaba y la hacía llorar hasta quedarse dormida. Sin embargo, la pequeña Juliana era fuerte y no comentó nada con su madre o con su nana. Sola trataba de reprimir y borrar ese espantoso recuerdo, pero pronto los resultados de aquella noche saldrían a la luz.

Un día ella se encontraba enferma, se sentía mareada, con asco y no comía, por lo que su madre trajo de un pueblo cercano a un médico para que la revisara. El médico no tardo mucho tiempo en deducir la causa de los malestares, así que pronto le comentó a la madre de Juliana que la pequeña estaba embarazada. La madre, confundida e impactada, pero más que todo angustiada, replicaba en todo lo alto que eso no podía ser cierto. ¡Su hija tan solo era una niña de 14 años de edad!

Tan pronto como se calmó, la madre se dirigió al cuarto de su hija para preguntarle qué había pasado y exigirle una explicación. Juliana no lo soporto más. Con lágrimas que recorrían su rostro y un gran nudo en la garganta, liberó una sola respuesta con sólo dos palabras: mi padre.

Eran épocas muy difíciles. La Santa Inquisición era demasiado estricta con este tipo de situaciones, quizá fue por eso que Juliana no se había atrevido a confesarle nada de lo ocurrido a su madre hasta ese momento. Sin embargo, lo hizo, esperando que su madre pusiera fin a su sufrimiento. Pero no fue así.

Tal vez fue por la misma razón de miedo, o tal vez fue el dinero y las influencias de su marido lo que provocó que su madre la acusara a ella de cometer pecado y no al verdadero perpetrador.

Su padre mantenía un estatus social muy importante en aquellos tiempos. La familia de Juliana pertenecía a la nobleza, por lo cual ese hombre no tuvo problemas al momento de limpiar su nombre de dicho acto, y, por si fuera poco todo el daño emocional que ya le había hecho a su hija, también decidió acusarla con el clero de cometer pecado.

Hay quien dice que Dios no castiga dos veces, pero a esta pobre le tocó vivir dos infiernos seguidos.

En nombre de un misericordioso Dios, la Iglesia puso fin al sufrimiento de esta chica. Decidieron juzgarla ellos mismos, y, como era muy común en aquellas épocas, en las que el Santo Oficio tenía demasiada imaginación al momento de querer liberar a la gente de sus pecados, eligieron un método que, podría decirse, era de sus favoritos.

Llevaron a Juliana hasta el centro de la plaza pública, donde todo el pueblo pudiera apreciar cómo se cumplía la palabra del Señor. Cuando Juliana llegó, casi siendo arrastrada por dos hombres que trabajaban para la Iglesia, se encontró con un pozo de poca profundidad y la obligaron a introducirse en él, de pie. Una vez dentro llenaron el pozo, dejando a Juliana atrapada de la mitad del cuerpo. La tierra apenas le llegaba al vientre, que comenzaba a notarse como crecía cada vez más y más.

En ese momento comprendió que más allá de juzgarla a ella como “una cualquiera”, el juicio estaba planeado para el pequeño que venía en camino, pues lo juzgaban como “bastardo”.

Sin poder hacer nada, Juliana se dedicó a rogar misericordia y a pedir perdón, sin ser escuchada. Había un montón de piedras reunidas en pequeñas montañas, una para cada persona, desde niños hasta ancianos, incluidos sus amigos y familiares, y por supuesto, su padre y su madre.

Después de una pequeña oración, seguida por unas palabras que el sacerdote le dedicó a Juliana antes de dar inicio, todos tomaron una piedra a la vez y apuntaron muy bien, no a la cabeza de Juliana, sino al centro del vientre que sobresalía de entre la tierra.

Una lluvia de piedras cayó sobre Juliana y sobre aquel pequeño ser que venía en camino. Para cuando terminó el día, un sacerdote presumía haber liberado a una chica de sus pecados, mientras un maldito conversaba con una mujer arrepentida, sobre el rumor que corría por el pueblo mal informado.

La gente decía: “Hoy murió una pecadora, fue enviada al infierno por obrar mal”. Sin embargo, ese día no sólo murió una pobre chica, cuyo único pecado había sido ser realmente hermosa y tierna, pues bajo aquella lluvia de piedras, también lloró un angelito que vivía en su vientre. Una pequeña criatura que conoció la muerte, antes de conocer a la vida misma.