La gloria de las estrellas

La luna, la diosa del cielo, ilumina nuestros rostros con su presencia. Su vida es como el amor de una persona que va cada día en aumento, enamorándose hasta alcanzar su máximo esplendor y entonces se entrega por completo. Nos sonríe desde arriba y sus dientes de diamante hacen brillar la vida. No le teme a la oscuridad, pues refleja luz infinita.

Déjame quedarme.

La luna siempre ha estado presente, pero no ha sido ella quien aclara nuestras grises y frías noches. Existen otras lucecitas pequeñitas que bailan en las nubes: las estrellas. Cuando miro el cielo observo estos luceros, que son ventanas a la gloria celestial, la sublime gloria donde ahora habita una hermosa mujer: la madre, la amiga, la esposa, la abuela.

Desde que ella partió, la vida se tiñó color tristeza y la nostalgia hizo su aparición. Nosotros, los que quedamos, la vemos a través de las estrellas, pero es tanta la magnificencia que no cabe por ese agujerito y entonces se proyecta en nuestro camino para conducirnos a un destino mejor.

Afuera, en la calle, vemos el cielo. Yo sólo puedo recordarla, pero él, el padre, el amigo, el esposo, el abuelo vuelve a vivirla y, en su agonía, espera un suspiro para ser parte de la gloria de las estrellas. Yo le pido que me deje estar a su lado mientras viva, que me deje tomarle de la mano, leerle alguna historia, observar el cielo juntos y en silencio, si así lo prefiere. Los años pasan, la muerte acecha, se esconde, nos da esperanzas y, de repente, llega. Le digo que las flores en el panteón, ¿para qué sirven? Y el epitafio, ¿para qué lo quiero si le tengo en mi memoria? Por eso quiero estar con él mientras viva.

Está cansado de vivir, de los achaques de los años, de despedidas dolorosas, de recuerdos. Tiene el alma agotada, por eso le pido que me deje hablarle de mi juventud, de mis andanzas, las cuales son pocas comparadas con las de él. Pero él ya está cansado de vivir, ya no quiere hablar. Entonces yo le diré que me gusta bailar bajo la lluvia, escuchar música en el bus. Le hablaré sobre nuevos conocidos, a los que aún no les tengo confianza; él sabe que me cuesta hacer amigos. Le hablaré sobre nuevas historias que he leído y las últimas noticias en la Internet.

Después, poco a poco, iremos observando las estrellas y, como siempre, terminaremos recordándola a ella, la mujer que tanto amó, con la que compartió más de cincuenta años. Y entonces dirá “Yo lo único que espero es morirme”.

Por eso quiero quedarme a su lado mientras viva, ya después le pediré que me deje llorarle. Él estará feliz más allá de las estrellas y mi ser egoísta le llorará porque le necesita. Las lágrimas serán por mí, por su abandono, porque lo rayos del sol en su ventana ya no tendrán sentido, mis “te quiero” ya no los escuchará, pues eso de que pueden oírnos es bastante dudoso, bastante triste para alguien que disfruta de algo más.

Por eso le pido que me deje quedarme a su lado mientras viva, ya después veré yo qué hago con mi vida: quedarme en silencio, sin palabras, si así lo prefiere.