Lectorial: A pesar del desierto o Los ojos de agua

Todos conocemos la caracterización del bárbaro norte atribuida al ex secretario de educación y notorio nazi mexicano, José Vasconcelos: “Donde termina el guiso y empieza a comerse la carne asada, comienza la barbarie”. Pero la idea del norte como desierto cultural no sólo le sirvió a los intereses centralistas que dominaron este campo durante gran parte del siglo XX. Una y otra vez, los movimientos culturales regionalistas, los grupos artísticos y los artistas de forma individual utilizaron y utilizan la idea del desierto cultural para reconocerse y delimitar sus dominios1: el antes y el después de La Cultura; obviamente ellos son el después, el nuevo amanecer. Consciente o inconscientemente, pero con declaraciones y acciones voluntarias concretas, refuerzan el mito de que de hecho sí existió un desierto, pero ya no más porque ya están ellos aquí para remover todo. ¿Acaso ésa no era la intención de Vasconcelos o de Montemayor?

En este nuevo número de la revista reconocemos nuestro error cometido como organismo editorial, una verdad universal para la cual no hay excusa: el editor no lee, su trabajo es no leer2. La verdad es que los diversos asentamientos de Aridoamérica, por llamarle de alguna forma, fueron elegidos por su abundancia de recursos: minerales, tierra, agua y humanos para esclavizar. Así, hasta los editores más pequeños como nosotros recibimos decenas de manuscritos, testamentos culturales valiosísimos, y nos dedicamos a seleccionar de una forma muy característica del gremio: juzgando por nuestro propio gusto y negando la existencia de los textos que no lo satisficiesen. Seguidamente, nos dedicamos a culpar al vulgo por no producir materiales de calidad para nuestra empresa.

Recordemos el lugar cada vez más común en el que un emprendimiento cultural peligra económicamente y, en automático, los defensores de la Cultura culpan al pueblo por no saber consumir bien3 o por observar y expresar opiniones sin las licencias o privilegios necesarios4. Este vicio es particularmente común en los proyectos artísticos independientes de los diferentes medios. En todos los casos los mueve el interés por ser el único agente autorizado para ver y comentar las obras5.

A continuación publicamos los textos que hemos recibido, ya sin filtros arbitrarios, pues no somos más una editorial cuyo propósito es el cuidado o protección de obras de los daños del contexto. Nos declaramos abiertamente como una lectorial de libros y demás, admitiendo que no hay nadie mejor para juzgar una obra que cada uno de los lectores; pues no somos lectores si no leemos, mientras que, para ser editor, el requisito es no leer ciertas cosas y dirigir la atención de los lectores a otro lado.

Atte. Farol

 

  1. Por ejemplo, Voces del cabrito: a la búsqueda de una nueva novela de Sergio López León: goo.gl/McwSnk y Editoriales en el desierto de Antonio Ramos Revillas goo.gl/UPuJ7z
  2. Refiero a una escena de Airheads (1994), película en la que una banda de rock alternativo secuestra una estación de radio y exige como demanda que reproduzcan su demo al aire. En esta escena, el director de la estación escondía en su oficina cientos de cintas de nuevos talentos que nunca transmitió al aire y ni siquiera escuchó, pues estaba convencido de que el rock simplemente había pasado de moda porque el rating de su estación no era tan alto como esperaba.
  3. Ver ¿Es cultura ir a una feria del libro? de Luis Valdez: goo.gl/yClaZR
  4. Lamentable ejemplo: Yo no te pongo casa, Helenita de Joaquín Hurtado: goo.gl/R088Xk
  5. Recomiendo ver la película Indie Game: Life After (2016), que narra las historias de varios desarrolladores de videojuegos independientes. El diseñador de Super Meat Boy, Edmund McMillen, nos explica su cambio de actitud ante los comentarios de los fans antes y después de volverse un desarrollador exitoso. El diseñador aprendió por las malas que replicar furiosamente los malos comentarios sobre su juego en Internet, con la intención de censurar o desacreditar sus opiniones, sólo lo llevaban a desvalorarse a sí mismo y a su trabajo. McMillen llegó a la conclusión de que no escuchar ni responder es el privilegio del éxito.

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