Nada es lo que parece

“Murió de tristeza”, dicen por ahí. “Murió de soledad”, comentan muchos otros. La realidad nadie la supo, simplemente se fue sin decirle nada a nadie, sin que algún otro ser escuchara su último suspiro. Ella se desvaneció.

En realidad pocos la conocían, se volvió solitaria. Después de tantos arranques de locura, se apartó de todo aquel que hubiera querido conocerle. Era fría y amarga, no desde siempre, pero sí en sus últimos años. “Y era tan joven… ¡Pobre muchacha!”, decía su madre sin cesar. “Era tan vivaracha y con un encanto singular. ¿Por qué se nos fue, Señor, por qué?” Y a su pregunta seguía el silencio, pues no había respuesta de parte de Él. Ella tomó la Biblia, la única que siempre le acompañaba, y comenzó a rezar sin sentido, y es que ya no tenía sentido orar por alguien que, aun viva, ya estaba muerta.

Su nombre era Valentinne Figdue, y era hija de Vince Figdue, el honorable juez del pequeño Gironda, un pequeño pueblo escondido en la siempre romántica Francia, y su madre era Antoniette Voulogn, una hogareña ama de casa.

Ambos la criaron bajo el catolicismo, suponiendo que eso la haría mejor persona.

Valentinne siempre fue una niña de pocos amigos, jamás fue extrovertida, mucho menos alguien de carácter fuerte, sólo se limitaba a jugar con su imaginación. Solía decir: “Mi imaginación me lleva a lugares donde todo parece tan real”. Ella tenía un mundo diferente en su mente, a menudo trataba de imaginarse como una persona distinta, como alguien completamente diferente en todo sentido, fue así cómo se formó dentro de ella una nueva personalidad: Angelique Remmert. De ser una niña divertida y amigable, pasó a ser una mujer excitante y mística. “Cualquier hombre desearía estar en su cama”, se repetía Valentinne diariamente mientras se duchaba para ir de nuevo a su fatigante y enloquecedor empleo.

Trabajaba en un pequeño despacho de abogados. Era la secretaria de Maurizio Feté, uno de los abogados más reconocidos y destacados en toda Gironda y sus alrededores, tanto en el ámbito laboral, como por sus incontables amoríos con sus clientas, mujeres de alto nivel social y con buena solvencia económica. “Yo sólo brindo mis servicios y cariño”, se le oía decir con cinismo. Y mientras su jefe se revolcaba con una que otra mujer de sociedad y alguna que otra prostituta, Valentinne deseaba fervientemente que siquiera él voltease a mirarla, pero eso no ocurría ni de broma.

—No pierdo el tiempo en tonterías, Francois, tengo mejores cosas que hacer. —Maurizio decía con tono sárcastico a su socio y mejor amigo, Francois Tedeschi. Éste era un hombre con fama por sus múltiples fraudes legales y por su infortunio en el amor. Conoció a Maurizio Feté en la Universidad y laboraba con él desde hacía cinco años, cuando se convirtieron en socios del despacho que llevaba en sí sus apellidos renombrados: Feté et Tedeschi buffete d’Avocats.

—Por favor, Maurizio, no me digas que no has visto cómo esa rara te mira desde afuera de tu oficina. ¡Está completamente loca por ti! —Con tono de burla lo decía más fuerte para que ella escuchase.

—¡Calla, por Dios! Te va escuchar.

—¡Qué importa! Serás siempre platónico para ella, ¿o no es así? —Francois presionaba con sus interrogaciones fuera de lugar.

—¡Claro, idiota! Pero aun así es una buena secretaria, siempre sabe qué inventar cuando no deseo hablar con mi madre.

Maurizio y Francois reían y seguían bufándose de la miserable secretaria.

Mientras tanto, Valentinne escuchaba todo desde su pequeño escritorio; después de todo, era un despacho de mala construcción: si se escuchaba lo que sucedía tres calles al frente, que no se escuchara de una puerta a otra sería ilógico.

Cada noche, después de la hora de cierre, con el trasero cansado y la voz medio ronca, ella siempre solía decir: “Buenas noches, amor de mi vida, me despido pero mañana volveré aquí, como siempre, por ti”. A decir verdad, no era un mal trabajo: le pagaban quinientos francos a la semana, que para ella eran suficientes para sobrevivir en su pequeño y solitario departamento que se encontraba a las orillas de un barrio repleto de maleantes.

Muchos no sabían que Valentinne vivía ahí. Para ella era un alivio sentirse inexistente. “Hasta los maleantes me ignoran”, decía en su mente. Algunos le conocían de vista, pero jamás entablaron alguna charla con ella, por eso les fue indiferente su muerte. Después de todo fue natural, ¿o no?

Era un día 17 de septiembre del año 1968, y, como era de esperarse, como todos los años y todos los días, Valentinne se levantó de su cama soñando ser esa mujer que había inventado en su subconsciente. Aun siendo una mujer discreta y recatada, muy dentro de su mente existía esa llama ardiente que la hacía estremecer en las noches en las que el placer iba y venía de sus dulces y tiernas manos. Sin embargo, ese día no fue común, algo en su interior le hacía saber que pasaría algo. Quizá de pronto sintió un raro déjà vu que le erizó la piel. Cerró sus ojos. No quería que nadie se enterara de lo que percibió, y, de todas formas, ¿a quién podría contárselo? Siendo una mujer solitaria, no tenía amigas, mucho menos hombres tras ella; sólo estaban ella y su soledad, su imaginación y un ave llamada “Camille”, a quien contaba sus más íntimos sueños y deseos. “Qué bueno que no me entiendes palabra alguna, Camille, seguramente estarías espantada de tanta cosa horrorosa que suelo contarte”. Valentinne, católica desde su nacimiento, se sentía avergonzada de sentir lo que dentro de su ser habitaba, ya que lo consideraba pecado, lujuria, aun cuando sólo fuera en pensamiento.

Ese día sonó su alarma, ella despertó, tomó una ducha y un ligero desayuno, a decir verdad, el mismo que tomaba desde hacía cinco años, desde que vivía sola en ese mismo departamento. Se dispuso a salir, tomó su abrigo y salió de casa. Pero ese déjà vu no la dejaba continuar, sabía que había algo, pero no lograba percibirlo a ciencia cierta. Tomó la misma ruta de todos los días, pero, al dar la vuelta en la calle del despacho, notó que había obreros y maquinas por doquier. Le pareció extraño, pero siguió, sólo tenía que rodear un poco y llegaría a su trabajo. Al dar la vuelta, se encontró en una calle completamente desconocida para ella; a pesar de tener más de tres años trabajando en el mismo lugar, nunca había tomado una ruta que no fuera la que ella conocía. Caminó insegura a paso rápido, se sentía vulnerable. Había casas viejas, descuidadas y se notaba a simple vista que no habían estado habitadas desde tiempo atrás, ella sólo quería llegar a su destino.

Después de la odisea en que se convirtió tan sólo rodear una calle para llegar a su trabajo, cruzó la puerta de entrada al despacho y se encontró con Francois frente a su escritorio, dándole la espalda, pero en cuanto sintió su llegada se dirigió a ella.

—Conque llegas tarde…

—Disculpe, Sr. Tedeschi, hay una construcción a media calle y tuve que rodear… —y antes de que ella terminara de hablar, Maurizio Feté la interrumpió.

—No te preocupes, Valentinne, nadie te pide explicación. Ignora al Sr. Tedeschi, quien debería estar checando su caso de las dos de la tarde. Adelante, no pasa nada.

Ella de inmediato tomó asiento, sintiéndose defendida y aún más enamorada. Sentía el deseo de abalanzarse sobre sus brazos y decirle lo mucho que lo deseaba, todo lo que Angelique, la mujer que había inventado en su mente, tenía para decirle y hacerle.

Pero Maurizio ingresó a su oficina y, de inmediato, ella volteó su mirada hacia Francois Tedeschi, el socio de su jefe directo, quien la miraba fijamente, y de pronto escuchó lo que jamás creyó:

—Y dime, Valentinne, ¿tienes novio?

—No, señor, no tengo.

—Ah, mira. ¿Y vives sola?, ¿o con tus padres? Supongo que no tienes hijos, ¿verdad? ¡Pero qué barbaridad! Hago tantas preguntas que parezco un chiquillo.

Valentinne no podía creer lo que ocurría. ¿Acaso el señor Francoise Tedeschi se le estaba insinuando?

—No pienses mal, Valentinne, sólo son preguntas para conocerte mejor. Después de todo, tienes años trabajando aquí y aún no conozco nada de tu vida.

Antes de siquiera responder, se abrió la puerta y salió Maurizio Feté.

—Francois, ¿pudieras venir un instante?, necesito decirte algo.

—Claro, Maurizio, ahora voy.

Su plática quedó inconclusa, y a Valentinne sólo le dejó dudas y muchas preguntas sin respuesta.

Después de una tarde de trabajo, Valentinne se disponía a recitar en su mente lo que todas las noches tenía para decir, cuando, de pronto, Francois Tedeschi se acercó.

—Buenas noches, señorita Figdue, que descanse y mañana espero verle de nuevo.

Ella, sorprendida, sólo asintió con la cabeza y salió del despacho, pensando en cada una de las palabras que escuchó de aquel hombre. De pronto, recordó la construcción y que debía rodear la calle completa, esa calle fría y oscura que debía cruzar, pero entonces escuchó un motor, sí, era el Falcón 67 de su tan amado jefe Maurizio Feté.

—Valentinne, es muy tarde para que una señorita como usted ande caminando por estas calles. Ande, suba, le llevo a su casa. —Y, sin decir una palabra, Valentinne abrió la puerta y subió.

Desde su ventana, en la oficina del segundo piso, Tedeschi los observaba. Sin más, salió rápidamente tras ellos. Francois no podía con la ira y rabia que dominaban su ser, era la primera vez que él se enamoraba y, ahora que por fin lo aceptaba, su mejor amigo quería arrebatarle, una vez más, a la mujer que él deseaba.

—Sé que sólo lo hace por molestarme. ¡Si a él nunca le importó! ¿Cuántas veces no se lo dije y él siempre la rechazó? No lo va a volver a hacer. Esta vez no se lo permitiré.

Maurizio Feté, aun siendo el mejor amigo de Francois, desde la universidad había faltado a su lealtad de hermanos, pues se había involucrado con la prometida de Francois tres años atrás. Ella era una mujer bella, sensual y muy provocativa, que ciertamente sólo buscaba estabilidad económica. Francois se enamoró de ella al instante. El día de la despedida de soltero, Maurizio, ya entre copas, le confesó a Francois que días atrás le había hecho el amor a su prometida, justamente en el despacho donde trabajaban, sobre el escritorio de Maurizio, y aunque éste estaba muy ebrio como para procesar lo que estaba diciendo, Francois, quien le había prometido a su entonces novia no tomar de más, estaba en sus cinco sentidos completamente. Tal vez Maurizio no recordó lo que había dicho a su mejor amigo, pero Francois nunca lo olvidó. Después de días, Francois canceló la boda, dando como razones que Jullien y él habían terminado y que ella había tomado la decisión de irse a París. El paradero de Jullien nunca nadie lo supo, la verdadera razón de su desaparición sólo Francois la sabía.

Francois salió de prisa del despacho, llevando algo en su bolsillo. Esta vez quien desaparecería no sería otra mujer, sino un hombre.

Maurizio, quien era un hombre prepotente y muy egocentrista, creía que cualquier mujer podía y debía estar a sus pies. Su larga experiencia le daba motivos para creer tanto en su potencial, que una simple secretaria como Valentinne no sería problema.

Definitivamente, Valentinne no era para nada como esas mujeres a las que Maurizio estaba acostumbrado: ella era discreta, anticuada, silenciosa, introvertida. “Una mujer aburrida”, en palabras más exactas de Maurizio; mas él mismo aceptaba que había algo en ella, que no sabía que era, pero sí sabía que no lo encontraba en nadie más.

Esa noche decidió llevarla a casa, saber más de ella; le llamaba la atención y, claro, quería poner a prueba su encanto ante la miserable secretaria.

Valentinne no entendía por qué su jefe tenía tantas atenciones esa noche con ella, se sentía halagada, pero no tranquila, un presentimiento no la dejaba respirar bien.

—¿Le pasa algo, Valentinne?

—No, señor, nada… —respondió en voz baja y con poco aire en su entonación. Mientras trataba de distraerse de las ahora incómodas preguntas de su jefe, a quien había amado por tres largos años, miró el espejo retrovisor y lo vio a él, a Francois, al mejor amigo del hombre que estaba justamente tocando su pierna y cuya mano subía lentamente.

—¿Qué hace, señor Feté? —preguntó Valentinne alzando la voz—. Mire, ahí viene el señor Tedeschi, quizás necesite algo, deténgase. —Ciertamente a Valentinne le importaba poco si Francois necesitaba o no algo, simplemente ella no quería quedarse sola con su jefe, quien ahora le parecía bastante bestia. Ella siempre imaginó un romance con él, pero de diferente forma, algo más típico, algo más romántico; no quería a un tipo que le ponía la mano por encima de su falda la primera vez que cruzaba palabra con ella.

Maurizio le hizo caso y detuvo el auto para bajar.

Valentinne estaba dispuesta a bajarse del auto también y decirle que caminaría, que no deseaba más que él la llevara a casa, cuando escuchó gritos: eran Maurizio y Francois, quienes discutían en medio de una avenida sin mucho alumbramiento. Salió. Era la primera vez que veía a dos hombres discutir por ella.

—¿Qué te pasa, Maurizio? ¿Ahora resulta que te gusta tu secretaria? ¿A quien nunca volteaste siquiera a ver? ¿A dónde la llevas? ¿Qué crees que haces?

—¿Pero qué te pasa, Fran? —Riendo, y en tono sarcástico, le respondió Maurizio—. Si sólo la estoy llevando a su casa, ¿acaso eso te molesta? Porque si es así, si quieres tú llévala, yo sólo le estoy haciendo un favor. Digo, ¡por Dios!, yo jamás me fijaría en una mujer como ésa. —Alardeaba Maurizio frente a su “aprendiz”, como él le llamaba.

—Te recomiendo que la dejes en paz. No te quieras pasar de listo otra vez.

—¿Otra vez? ¿De qué hablas? Si ésta es la primera vez que la llevo a su casa.

—No me refiero a ella, y bien lo sabes, esto debí haberlo hecho hace mucho tiempo…

En ese momento, Francois sacó un arma de su bolsillo, y, cuando se disponía a disparar, Maurizio se abalanzó sobre él, haciendo que el arma cayera debajo del auto.

Valentinne escuchó toda la discusión, por momentos se sintió como Angelique. Llena de adrenalina, excitada por el momento y la pelea, y sintiéndose despreciada por el hombre que más había amado en su vida, decidió vengar su “falta de respeto”, como ella lo pensó. Tomó el arma, la cargó, apuntó hacia ellos, jaló el gatillo y disparó. Por unos instantes todo fue silencio absoluto. En ese momento ella abrió sus ojos, había un hombre muerto, lleno de sangre y tirado en el piso, pero no era su jefe, Maurizio Feté, sino su nuevo y último admirador secreto, Francois Tedeschi. Al ver el horrible suceso, se llenó de pánico y de horror. Maurizio estaba en shock, pues, a pesar de la pelea, no esperaba que eso fuera a suceder.

Valentinne, quien por un momento regresó a su cuerpo, decidió terminar lo que Angelique ya había empezado, miró su mano y observó el arma, aún humeante de pólvora, volteó su mirada hacia su ahora ex jefe y disparó. Mató a sus dos jefes, dos hombres que jamás habían cruzado palabra alguna con ella, y que terminaron muertos la primera noche que lo hicieron. Después de todo, hubiera sido bueno que a ninguno de los dos se les ocurriera hacerle plática a tan extraña mujer.

Aún bajo el efecto “Angelique”, decidió regresar a casa, en un Falcon 67 que ni siquiera era de ella. Valentinne jamás había tomado el volante de un auto, pero Angelique controlaba muy bien los cambios de tan flamante auto. Llegó a su departamento, le dio de comer a “Camille” y, mientras llenaba la tina, se preparó un café, su último café.

Ya semidesnuda caminó hacia la bañera, tomó su toalla, como si en algún momento fuera a salir de su baño, tomó el arma y la puso justo a su lado. De pronto escuchó la puerta de su departamento, algunos ruidos y pasos. Alguien había entrado.

Días después, la madre de Valentinne fue a visitarle, encontrando la puerta abierta y mucho silencio por doquier. Estaba la máquina de café encendida, una taza medio vacía sobre la mesa y su ropa en medio del pasillo. La encontró muerta en la bañera, tenía un tiro en la cabeza. Los policías que arribaron al lugar nunca encontraron el arma que propició la muerte de Valentinne. Su muerte se declaró suicidio, según las autoridades.

Nunca nadie supo la verdadera historia de la muerte de esta mujer, mejor dicho, nunca nadie supo la verdadera historia de la vida y la muerte de esta mujer. Nadie supo cómo vivió, quién realmente era, cuántos secretos tenía ocultos, cuánto misterio había en su vida. Así como nadie se enteró de lo que pasó realmente esa noche. Había muchas versiones, muy poca gente decía algo que fuera verdad, pero, bueno, después de todo, nada es lo que parece.