La otra oreja

Érase una vez una oreja que vivía en el lado izquierdo de una cabeza, no importa mucho de quién.

Su vida no era muy emocionante, pero tampoco aburrida: le encantaba escuchar música, sentir el aire cuando las manos abrían la ventana del coche y la cabeza se despeinaba, haciéndole cosquillas con los cabellos alborotados; le gustaba escuchar la lluvia y los truenos, tanto como el silencio casi absoluto de las madrugadas. No se quejaba, vivía cómodamente en su lado de la cabeza sin preocuparse por complicaciones en otros lugares: que una uña se rompió, que los pies tenían ampollas o que los ojos estaban llorosos la tenían sin cuidado; eso sí, que no se pusiera mala la garganta porque le empezaba a doler la parte de atrás y se quejaba del mal cuidado de la cabeza, de la negligencia de las manos y de que a nadie le importaba lo que a ella le pasara. Se quejaba mucho, pero normalmente vivía tranquila, y lo que le parecía lo más importante: ¡sin molestar a nadie!

Jueves por la mañana, el cuerpo seguía su rutina.La oreja escuchó con pereza cómo se abría la llave, el agua de la regadera, haciendo eco con los azulejos del baño, era como un amigable despertador y, aunque sólo era una oreja común, tenía una gran imaginación ejercitada por las películas y las radionovelas que se oían en el auto. Para ella, mojarse se escuchaba como el rugido de una criatura, una tormenta a lo lejos o las olas violentas del mar profundo, cosa que le entretenía mucho, pues casi nunca tenía trabajo.

Todo era normal hasta que el rugido, la tormenta y las olas entraron súbitamente en ella, la estremecieron e inundaron. La pobre oreja no lo había visto venir. En dos segundos ya se imaginaba naufragada en el piso de la regadera y cayendo por el agujero negro donde se iba toda el agua sin que nadie se acordara nunca de ella, pero entonces la gravedad cambió y el doloroso flujo que la azotaba escurrió cálido por el lóbulo, dejándola aturdida. Todo fue tan rápido, que de no ser porque las orejas no se pueden desmayar, lo hubiera hecho.

Fue cuando se dio cuenta de algo que la puso blanca de miedo: el silencio.

No era un silencio normal, como cuando los dedos la oprimían creando una sordera forzada; tampoco era como cuando le ponían un audífono y, al terminar una canción, parecía que el exterior se escuchaba lejano o casi mudo. No. Aquél era un silencio que estaba instalado dentro, como un pensamiento, inmaterial, no sentía ningún tapón y estaba… ¡sorda!

—¡Ayuda! ¡Ayuda! —Se apresuró a gritar, aunque sentía que sólo podía escucharse ella.

Sin demora, la mano llegó a tratar de animarla y a moverla, empujaba por detrás de su concha, estiraba el lóbulo, torció a la oreja en todas las formas, pero el sonido no regresó.

Su pánico iba creciendo al ver que ya subía al auto y no escuchaba la radio, tampoco el tráfico o el barullo de la gente que transitaba por la acera. ¡Cuánta frustración! Hacía su mayor esfuerzo, mientras que, a ratos, el dedo índice izquierdo la presionaba para sacar un tapón que no existía.

La presionaron durante horas hasta que estuvo toda enrojecida. Ya había dejado de pedir socorro, pero el dedo seguía tratando y sólo había empeorado la situación. —Ya no te molestes en seguir, déjame así, no tengo remedio… —Pero dedo parecía no escuchar (¡pues, claro, los dedos no son orejas!).

Esperaba que la arrancaran de su privilegiado hogar, pues sentía que ya no podría trabajar jamás, pero pasó la tarde y continuaba en su lugar.

Lo más triste fue que comenzó a llover y para ella todo seguía mudo. De pronto, como un diminuto milagro, oyó un murmuro inteligible que parecía venir del interior de la cabeza —¿Hola? ¿Quién anda ahí? —preguntó insegura—. ¿Quién eres? ¿Cómo te llamas? —Pero no hubo respuesta que pudiera identificar.

Aquella voz lejana continuaba, era como una canción que ya conocía. La oreja comenzó a sentirse feliz de que pudiera escuchar algo, parecía que hubiera un túnel a través de la cabeza y que el sonido entrara por algún otro orificio: ¿otra oreja? No. Imposible, pensó. “Debe haber alguien”.

—¡Oye! ¡Allí dentro! ¿Quién eres, qué eres? ¿Me escuchas? –Comenzó a interrogar—. ¡Eh! ¿Qué estás cantando? Creo que conozco esa canción. ¿Hola?

Pero, de nuevo, nadie respondió. La oreja se arriesgó a usar todas sus fuerzas, esperando una voz, un aumento de volumen, cualquier cosa que la alejara del terrible silencio, y volvió a alzar la voz: —¿Hola? ¡Soy la oreja y me he quedado sorda! ¿Puedes ayudarme? ¡AYUDA! —Tomó más aire y: —¡Necesito ayuda! ¡Por favor! ¿Hay alguien ahí?

Se quedó callada un instante y comprobó con tristeza y horror que el murmuro había cesado. No había nada. Sólo la vibración. Pero aguardó atenta por alguna nueva señal.

Y continuó esperando todo el día (eso es demasiado tiempo para una oreja).

Siguió así, hasta que su fuerza terminó, sus esperanzas estaban en el suelo, o más abajo que eso. Observó que la luz del día desaparecía y con ella su ilusión de volver a ser la misma.

Repentinamente la luz se encendió y la atacó un líquido extraño, transparente como el agua. Empezó a burbujear en su interior y muy pronto sintió espuma. Un cosquilleo sordo, que brotó de lo profundo de su ser, se elevó y empezó a cubrir su concha con un color distinto que al inicio. Aquello que entró transparente había salido amarillento, pero eso no fue lo más extraño, sino que llegó un objeto blanco y blando que absorbió la espuma dorada, produciendo un milagro: el sonido, ¡había vuelto!

El agua mágica entró dos veces más junto con aquel objeto absorbente, haciendo cada vez el sonido más fuerte. Estaba tan feliz, que pensó que podría saltar de la cabeza al hombro y de ahí a no sabía dónde.

¡Bendita normalidad! Las luces se apagaron y pudo disfrutar del silencio, hasta que recordó aquel murmuro misterioso.

No pudo evitar cuestionarse un montón de cosas: ¿Quién viviría dentro de la cabeza y no escucharía sus gritos desesperados? ¿Habría sido un fantasma? ¿Sería posible que hubiera escuchado al pensamiento? Ni hablar, eso era demasiado. Pero la experiencia fue tan real, que pensó que tal vez, sólo tal vez, existía una oreja paralela a ella al otro lado de la cabeza. Nunca lo sabría, después de todo, sólo era una oreja limitada a vivir en el lado izquierdo de una cabeza, no importa mucho de quién.