Golpe bajo

Hubiera preferido nacer Adelita, mandar la noble cuna a la basura, luchar y dar la vida en la batalla si fuera necesario; ser la mera Adelita, la valiente: Sargento, Teniente o Coronel, guerrera de arriba a abajo. Hubiera preferido escuchar el estrumpir del cañón dejando un silencio adormecedor y no el tic tac del reloj marcando mi desolación, ver la sangre del enemigo correr y no mis amargas lágrimas caer.

Porque la guerra me pescó de noche dándome un culatazo por la espalda, y es que de pronto todos se amacharon por obtener el poder. Ya han pasado los años, es cierto, pero aún recuerdo el drama vivido como si ayer mismo hubiera iniciado la batalla.

Era en ese entonces una niña de diez años de edad, despreocupada por el afán guerrillero; de familia acomodada, debo admitir, religiosos hasta la coronilla, pues hacían de cualquier simple acción una misa mayor, por esa razón fui educada en el colegio Santa Teresa de la Piedad. Sin embargo, todo en casa era apacible, papá trabajaba duro para mantener la posición privilegiada, mientras que mi madre, siempre al pendiente del hogar, me instruía en los cuidados de la casa, y en los personales por supuesto: que aprender a preparar el té, que comportarse recatadamente en todo momento, jamás interrumpir una conversación y nunca olvidar la correcta postura. Pero yo prefería las muñecas en lugar de clases de comportamiento, prefería una historia salida de su boca, pues su dulce voz podría disipar todo miedo. Aún me recuerdo vistiendo abombados atavíos de seda adornados con coloradas flores y, corriendo por los pasillos, iba directo a jugar en los jardines interiores. Ya lo he dicho, todo era apacible y nada, absolutamente nada, me faltaba, hasta el momento en que el reloj marcó el último minuto de paz, dando comienzo a la guerra, mi guerra.

Todo comenzó esa noche gris, la primera de mis tantas noches sin luna. La oscuridad invadía hasta el último rincón de mi habitación: cruzaba andenes, recorría salones, inundaba mis sueños. De pronto, entre esa espantosa oscuridad, aparecieron hombres armados que, en nombre del gobierno, hicieron fusilar a mi padre, acusándolo de apoyar movimientos guerrilleros, y así su sangre tiñó el recuerdo de mi memoria; de la noche a la mañana nos despojaron de todo bien, mi madre sucumbió ante el delirio y yo, Rebeca Asís de Vidal, perdí mi familia, mi hogar, mi herencia y sin más remedio emprendí la huida. Pero de tanto huir, me cansé de ver la sangre del inocente derramarse, y de tanto cansarme, de tanto recordar mi maleficio, aumentó la sed de venganza, sin ninguna otra opción, entré en las fuerzas armadas, armadas con machetes, palos y uno que otro fusil, pero armadas de valor. Valor que hace falta para frenar injusticias.

Rayando lo guerrillero, entre el bandolerismo, terminé uniéndome a la División del Norte comandada por Villa. Yo, que antes tenía dinero hasta para aventar al cielo, pasé a hacer uso de dinero fiduciario; yo, que antes tenía un techo, pasé a apoderarme de tierras de hacendados, de trenes y hasta de cristianos. El general fue el único que me ayudó, el único que vio por mí y, por ende, él pasó a ser mi familia. Al principio sólo le ayudaba con los heridos, el alimento y cosas de ésas, pero para cuando acordé, ya había pisado el pabellón de fusilamiento unas cuantas veces, mandando al infierno como a diez hombres, entre ellos los mismitos que cinco años atrás me habían llenado el alma de amargura. Mi madre siempre me dijo que matar era pecado, sin embargo, era mi vida o la de ellos. Ahora cargaba mi fusil, mi machete y todo lo que me sirviera de armamento para enfrentar a las fuerzas de Huerta y de aquel que estuviera contra nosotros, pues al fin había encontrado un nuevo hogar y no iba a permitir que me lo arrebataran otra vez. Aunque me dolía en el alma, disfrutaba mancharme las manos con la sangre del enemigo para ver si así podía aliviar un poco mi pena. Ganamos batallas como la de Paredón, de Tierra Blanca, Ojinaga, Zacatecas y otras, además de ganarnos el miedo de muchos.

Cada batalla se festejaba con aguardiente, pero yo aún tenía sangre noble en mis venas y, aunque se burlaban de mí, festejaba con té para recordar los buenos momentos, ésos que me hacían seguir viva. En una noche me preguntaron cuántas veces me había acostado con el General, a lo que yo orgullosamente contesté: “Ninguna, yo estoy aquí para pelear y no para revolcarme con el General en jefe”. Y desde ese momento les callé la boca a todos.

Me gané el respeto y la admiración de muchos, pero sobre todo el miedo, porque si a alguno se le ocurría subestimar mi capacidad en la batalla por ser mujer o verme sólo como a un objeto, no la contaba. Decían que se me iba la vida tratando de remediar el sufrimiento haciendo sufrir a otros. Decían que ya había olvidado lo que era el amor, la misericordia, el perdón. Que no tenía sentimientos, que no tenía alma y mucho menos corazón. Pero lo que no sabían era que por el sentimiento, el dolor en el corazón, el amor al recuerdo de mi familia y al honor de mi padre hice lo que ya he dicho. Querían de mí misericordia y perdón, pero cómo tenerlo con ellos si ellos no lo tuvieron conmigo. No se pide lo que no se da; me dieron guerra y guerra les di.

La vida probó mi suerte en la batalla de Agua Prieta. Aquellos malditos me hirieron de muerte. Me dijeron que se me fue la vida, pero justo antes de echarme al pozo me regresó de un sambotazo. Volví a la guerra, atacamos Torreón y resultamos victoriosos, ésta fue mi última batalla. Estuve desde 1913 hasta 1920 a las órdenes de Villa y fue para mí un honor pertenecer a la División del Norte, porque calmó mi espíritu vengativo, hizo mi soledad más llevadera y purificó mis recuerdos más amargos.

Muerto Villa, yo ya no tenía nada que hacer en su ejército. Regresé a mi ciudad en busca de mi madre, pero me dijeron que no había durado siquiera el mes a la muerte de mi padre. Pregunté si ella alguna vez había mencionado a Rebeca y me dijeron que nunca mencionó ningún nombre y nunca dio muestras de dolor, que había permanecido como petrificada mientras terminaba de morirse. Y me sentí culpable por haberla abandonado. Pero en ese entonces era una niña asustada por el delirio de su madre, una niña que cuando cerraba las ojos lo único que veía en su mente era la sangre de su padre manchando su recuerdo, y lo único que deseaba era olvidar y recuperar lo que le habían arrebatado; pero me llené de rencor y ensucié mis manos con sangre tratando de aliviar la pena.

Recorriendo las ruinas de lo que había sido mi hogar lloré por no haberme muerto en ninguna batalla, porque me esperaba toda una vida en soledad y porque ahora el invierno sería más crudo. Era como si cada lágrima fuera un cristiano que había matado, y entonces pensaba: “quizá pudo haber sido alguien más en mi vida”. Lloré porque la misma vida me pudo haber dado un golpe más fuerte, sin embargo, el que me dio me hirió lo suficiente. Y entonces concluí que no era mejor que ellos, que la guerra no solucionó mi pesar y sólo me había cristalizado el alma.