Micaela sueña

Benita observó a Micaela caminar descalza por el camino de tierra, la vio desde que salió de su casa y se enfiló calle arriba. Benita tenía su negocio justo donde empezaba el camino de piedras y banqueta. Acumulaba mercancía y la vendía despacio, a veinte o a treinta pesos. La mayoría de sus clientes eran mujeres que venían por otro par de pantalones para el trabajo o unos zapatos que pudieran usar hasta acabarse mientras hacían quehacer.

Micaela era una niña de unos nueve años que vivía con su madre hacia el final de la calle, tenía cabellos largos que siempre olían a humo y tobillos rasguñados. Ese día se había ganado los veinte pesos que traía en la mano, bien aferrados, y se dirigía con Benita para comprarle unos huaraches, porque los suyos ya no le agarraban el pie. Se detuvo cuando llegó al borde de un charco de agua que tenía varios días sin secarse y se fue a meter los pies, metiéndolos y sacándolos para sentir los renacuajos escurriéndosele entre los dedos. A veces los tomaba y los aventaba a los árboles; algunos rebotaban, otros se estrellaban y se abrían.

Llegó con Benita. Mientras ella atendía a otros clientes se puso a ver la mercancía. El negocio estaba en un terreno abierto y uno podía caminar entre la montaña de ropa, zapatos y juguetes y otros artículos que se vendían ahí. Al piso le salían flores y hongos.

–¿Tú mamá no te cuida?

Sin hacerle caso, Micaela siguió viendo los juguetes.

Se escuchó un siseo como de serpiente, y luego un trueno que anunciaba lluvia. Micaela se fue a la calle otra vez. El señor de las gelatinas venía caminando despacio, al final de su jornada, con las cuatro últimas gelatinas congeladas del día. Micaela le compró las cuatro con sus veinte pesos. Las primeras le quemaban las manos; las últimas se le escurrieron entre los dedos.

Se iba a regresar a su casa, cuando Benita le pidió que le ayudará a separar cables y fierros.

–Si me ayudas te voy a dar unos zapatos para que te pongas cuando te metas al monte y no traigas los pies todos espinados.

Micaela se fue a una esquina. Se le aferraban los cables a las piernas y se le subían por los tobillos. Se puso a soñar mientras separaba fierros oxidados que le pellizcaban las rodillas. Se hubiera podido subir al camión para llegar hasta donde esos veinte pesos la llevaran, a otros caminos de piedra, quizá. Se hubiera podido comprar un disco de música para escuchar cuando su mamá no estuviera o un libro para colorear. Se hubiera podido comprar unas pulseras de cuentas, para verse más bonita. O Juguetes. O espejos completos. O paraguas.

Los siseos de la lluvia la adormecían. Y soñó que una mano fría le aferraba su tobillo. Eran los cables. Era un mordisco en la rodilla. Y soñó que se acostaba en un manto suave de piedra.

Benita la encontró bañada por la llovizna y sólo alcanzó a ver la cola de la serpiente que volvía a su lugar en el monte. Las mujeres de la fábrica de tamarindos le ayudaron a cubrir su cuerpo con una sábana.

20 de enero de 2016