Las posesas (fragmento)

10

El psiquiatra quería hablar de mi relación con la Andrea. Y le dije, qué bueno, pues, porque nuestra relación es sólida, siempre ha sido mi apoyo, sobre todo desde que se murió mi madre, y hemos tenido momentos como toda familia, pero es por cosa de la edad, yo sé que se ponen rebeldes y hay que ponerlos en orden, por eso la trajimos para que nos ayuden porque no damos abasto. Ciertamente, dijo, con ese tonito irritante de sabelotodo, Andrea llegó tarde a terapia. Fue bueno que la trajeran, pero las circunstancias no fueron las mejores. Qué más circunstancias quería doctor, si mi hija estaba histérica diciendo que se quería ir de la casa, que nunca le prestamos atención cuando lo único que hacemos es cuidarla y quererla pese a sus muchas trabas e ideas raras. Señora, cómo era la relación suya con su madre. Plop. Ay, doctor, con mi madre era diferente. Siempre quise que la Andreita y yo fueramos como con mi mamá. Andábamos para arriba y para abajo, le dije, en las buenas y en las malas y nunca le respondí ni me encerré en mi cuarto a poner música satánica como la Andrea. El loquero se quedó pensando y en esa pausa me puse un poco nerviosa.

Recuerdo que después de lo de la Paz Court la Andrea me hizo caso y se empezó a juntar con otras niñas de su curso. La Paula Gómez y su círculo. Eran bien unidas. Les iba bien en el colegio y lograron sacar a la Andreita a una fiesta una vez. Cuando volvió le pregunté que cómo le había ido. La dejamos en casa de la Ignacia Vergara, hija de militar, gente decente, como a las siete de la tarde. Como el baile comenzaba a las nueve tenían dos horas para emocionarse y “producirse”, como dicen ahora. El papá de la Vergara fue a dejar a las niñitas a una fiesta en el San Ignacio del Bosque, un colegio de puros hombres. Albergaba la esperanza de que la Andreita conociera a algún chico guapo y se dieran el email para “chatear” y se olvidara de su confusión con la Court. Le mandé varios mensajes a su celular nuevo. Mira qué suertuda, salir de noche a una fiesta a los catorce (o quince, ya no me acuerdo) con su propio celular. En mi casa nunca me dejaron salir ni a la esquina si no era acompañada, mucho menos de noche. Le decía a mi mamita: pero mamá, voy a comprar pan al almacén de la esquina y vuelvo. Y me llegaba su voz desde la cama, como siempre acostada mi mami con migraña, pobrecita: Isabel, espérame media hora y te saco a dar una vuelta en el auto. Si no hubiera sido por mi hermano nunca habría descubierto que bailar podía ser divertido, en vez de una actividad llena de reglas y disciplina. Me acuerdo de la noche en que salimos a una disco. Iba a ir a buscar a su novia en el auto y antes de salir, envuelto en una chaqueta de cuero café y con los pantalones que usábamos en ese tiempo, más anchos abajo, los famosos pantalones acampanados, me preguntó si quería salir. Miré alrededor de la mesa donde estábamos cenando y todos mudos, mirando a Alejandro, que así se llamaba mi hermano, que en paz descanse, y como nadie dijo nada me levanté y me puse la primera chaqueta que encontré colgada al lado de la puerta. No me atreví a mirar para atrás, sólo le di la mano a mi hermano mientras cruzábamos la puerta. Cuando estuvo a punto de cerrarla escuchamos que alguien decía: Tráela de vuelta a la una a más tardar y que no ande tomando sola porque le pueden hacer algo.

La Andreita se dignó a contestarme los mensajes diciendo que se aburría y que por favor la fuera a buscar su papá, que sus amigas todas tenían pareja y no querían irse. Felipe luego me contó que la Andrea le dijo que la música era aburrida, monótona, que no había forma de seguir el ritmo. Que todos los niños de ahora sólo quieren chocar el cuerpo contra las niñas y que ellas se dejan con la esperanza de que les den un beso de despedida. Felipe creía que no era gran cosa, que si a la Andrea si no le gustaba salir no tenía porqué ser algo malo, que él a su edad se quedaba leyendo en su casa después del colegio y ayudaba a su padres con la panadería. Pero es que tus papás nunca te quisieron,

Felipe, sólo te trataron como mano de obra, le dije. Mira dónde te llevó tanta lectura, que después tu papá tuvo que enterrar tus libros rojos en el jardín y casi lo llevan preso. Felipe se quedó callado, porque sabía que dentro de todo yo tenía razón. No le compres más libros de vampiros, si vas a incentivar la lectura en la casa cómprale algo más sano.