El retorno del rey burgués

¡Bomba!

Gallo, el cielo está claro, el aire cálido, el día festivo. Aquí va una para compartir con los amigos:

Toda la mañana fue alba. Alegrías incitaron al rey burgués y a su séquito de retóricos, artistas conceptuales y curadores de museos a reubicar al pobre diablo de poeta (ya deshelado y vivo como nunca, el obstinado) quien se erguía aún frente al estanque donde lo abandonaron como baúl de chinerías. Lo mudaron a una región desolada del castillo, otrora centro del mercado, ora plazoleta abandonada.

Dijo el rey: “De nuevo, habla y comerás. Pero no de mi mano sino de la de los transeúntes y foráneos que logres atraer a ti provocando experiencias estéticas colectivas o lo que resulte. No serás poeta ya sino Creador, pues favorezco la raíz latina sobre la griega por razones más bien administrativas que otra cosa. Y, ¿quién sabe? Quizás pueda hacer algo con esa queja tuya y de tu gremio respecto a los fabricantes de jarabes poéticos sin licencia, los zapateros que critican tus endecasílabos y la demás gente menuda que le pone puntos y comas a tu Inspiración.”

Oh, amigo, compadre. Aquí no repito lo que el Creador cantó como respuesta, no para ahorrarme tinta sino para evitar infracciones al Derecho de Autor. Diré, no más, que el cielo estaba estrellado y la luna con hoyuelos la noche en que él concretó la meta que su jefe esperaba: revitalizó la sección del castillo que le fue no-asignada y construyó grandes no-audiencias con base en el trabajo comunitario no-asalariado. Cientos de nuevos no-clientes abarrotaron la antigua plazoleta –ahora Plaza Comunitaria del Poeta– y el burgués y su cohorte de muralistas urbanos, mercaderes de finas artes, especuladores de bienes raíces y novelistas de ciencia ficción se afanaron en la compra-venta de lo bello, o sea de objetos que fundamentalmente poseen orden, verdad y bondad, pero también y sobre todo, un cierto brillo y esplendor… como las plazas comerciales y las torres de departamentos. Y vio el rey todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.

Hermano, pariente, esto que digo es verdad, es en serio y perdura por siempre, como la palabra. El trabajo ennoblece y purifica. El trabajo es la ley y a todos nos agita. Digo yo, el trabajo es bendito; por eso ni lo toco. ¡Salud!