Diciembre de 1998: El sueño marciano

Supo que estaba soñando cuando sus pies se despegaron del suelo y se elevaron por el aire. No fue un viaje placentero, el torbellino que lo arrebató de la tierra, cada vez más rápido, lo engulló hasta alejar su pequeña casa de su vista. Muy lejos, muy lejos. Todavía no llegaba al espacio y ya añoraba su hogar.

Los viajes interplanetarios nunca estuvieron en su lista de prioridades. A él qué le importaban todos esos planes de conquistar el espacio y aterrizar en planetas desconocidos. A él qué le importaba el vacío. Y las estrellas. Y las galaxias. A él sólo le importaba regresar a casa y pescar, y quizá sacar a pasear a su esposa, sí, como buen marido que era. Seguiría soñando —no había de otra—, lo peor que le podría pasar era despertar.

Se sabía la órbita de su planeta alrededor del Sol. Probablemente bastaría con darle la vuelta en sentido contrario, y en algún momento se lo encontraría en una nueva carrera. Luchó contra el vacío y la falta de movimiento, contra las náuseas y contra el miedo. Esquivo dos o tres cometas. Esquivó una nave que venía de no supo dónde. Y lo vio: azul, flotando, muy cerca de él, acercándose poco a poco, hasta que el calor que expedía y que lo arrastraba hacia dentro de él lo absorbió.

En lugar de colisión vino la caída libre, pero aun así el golpe fue duro cuando finalmente aterrizó. Los carteles de Welcome to Ohio! lo recibieron brillantes. Palideció. No entendía esos extraños caracteres. La tierra bajo sus pies era dura, casi gris. Árboles verdes lo esperaban erguidos y altos. Luces brillantes. Vehículos. Estaba en la Tierra.

Se le fue el aire.

Su mujer, roja, marciana, lo sacudió:

—Oll. ¡Oll!

Su marido no despertó.