Barrera Enderle, V. Nadie dijo que habría días como éstos. México: An.alfa.beta, 2015.

¿qué sucedería si este lector adquiere, de pronto, juicio y descubre que lo que se encuentra leyendo es una verdadera porquería?

Víctor Barrera

[A finales de marzo de 2015]

No hay mejor regalo para quien reseña –y no recibe pago por ello– que una hoja en blanco, porque así creo poder eludir lo inevitable y no repetir lo leído cuando reseño lo ya dado: este libro que compré en la feria del libro y, sin embargo, no es mío. Si no lo tiré por la ventana es porque la he mantenido cerrada durante los ya casi seis meses de lluvia y frío de éste nuestro desierto norestense que no da para más. Sinceramente, el desencanto no vino de inmediato (aunque sospechaba) sino cuando me di cuenta de que no entiendo la afición por los artistas profesionales, ya sea en una Feria del Libro PyME o en ese tipo peculiar de mitin político anglosajón que llamamos toquín o concierto. El fenómeno es como el del no creyente que escucha citas religiosas profundísimas y no puede más que extraerle la utilidad ideológica y material.

Sin embargo, el primer ensayito de este libro –genial por su síntesis y exposición diáfana– me dio otras expectativas. Empieza así, haciendo referencia a un documental sobre las pinturas rupestres más recientes (modernas) que conocemos,¹ una de las cuales representan un hombre a caballo frente a líneas algo paralelas que parecen vías del tren pero sin tren.² Y no se trata de la imitación más original de un vanguardista europeo o nacional sino, explica el ensayista, de un extranjero en su tierra, que habita en lugares y tiempos raros. Se trata de una obra de complejidad interpretativa tal que casi cualquier enunciación que hagamos al respecto sería una suplantación y cosa nuestra, o sea que ante la incapacidad de analizar correctamente al objeto, usando su propio marco de referencia, sólo podemos aplicar el nuestro, que es como leerlo como fenómeno natural, distanciándonos; explica Enderle.

 

Mientras los futuristas componían odas a la máquina, los pimas representaban su ausencia, diría un desviado que no entiende que ciertas ideas tienen denominación de origen. Bien se sabe que las pinturas rupestres, como los fósiles, valen por viejas que no por expresivas, y su datación es un puntaje para determinar qué parte del mundo albergó primero a los hombres verdaderamente modernos, que más recuerdan a los antiguos griegos: los primeros poetas que cantaron a la tribu y los primeros que se separan de ella (sic) y, a partir de ahí, justificar el resto del camino ya trazado por la Historia. Pese a todo, nuestro Autor saca la vuelta a este embrollo y logra llevarlo a buen puerto. Ante esta imposición filosófica-antropológica de occidente para acá, propone “…la idea de otra modernidad al margen, la expectativa de encontrar otras vanguardias no vanguardistas y hasta otro individuo no individualista sino colectivo, una utilidad anti mercantilista o qué sé yo, ¿por qué leer un [mal] libro completo si es más bello soñarlo?” (p. 22).

 

En lo que respecta al resto de los ensayos y comentarios lúcidos, diré que no capté ni la mitad, quizás porque mi lectura no fue ni generacional ni ciudadanista de la plaza pública (que hoy parece más viva que en el mismo 500 a.C.), ni me interesó reconciliar la vanguardia X con el capital, de la mano de un exfascista³ que, igual, no se puede negar que fue buen escritor. Incluso podrías, lector, suponer que contra la posición individualista-buenaonda (en su acepción más filosófica de oposición a la MASA que defiende la propiedad colectiva de la tierra), he decido llamarme Enrique Dussell y concluir, fácil, que no le sirve a nadie.4

 

1 Se trata de una práctica que perduró hasta principios del siglo XX, desde Guanajuato hasta Chihuahua.
2 Pintura ubicada en la Sierra Tarahumara, cerca de un tramo antiguo del Ferrocarril Chihuahua-Pacífico.
3 Emil Cioran
4 Ver “El Giro Descolononizador – Enrique Dussel”. Oslo, diciembre de 2012. https://youtu.be/vhkD9IPTnnI?t=28m43s