1939-11-14 A.R. a V.O.

[Cd. de] México, D[istrito] F[ederal], a 14 de noviembre de 1939

Mi querida señorita de la O1

Perdone si esta precipitada carta, confeccionada en la mayor ansiedad y zozobra, le sugiere más de un contratiempo: estoy bien.

He despertado esta mañana con un dolor profundo en el pecho y con necesidad de aire. Al mirar por la ventana, adiviné (¿o soñé?) alguna refriega como las que ya tantas veces he presenciado; mi inconsciente —ese juguetillo de Freud— me ha hecho pensar en usted. Manuelita duerme como una santa. ¿Le cuento mis sueños de esta noche?

Andaba por su Pampa bendita y a lo lejos veía unas cordilleras. Bajo un árbol no más alto que yo, y de levita, un hombre tocaba la flauta. Me acerqué con cautela y saludé: —Es un día muy caluroso para andar por ahí— su levita era de alpaca, por supuesto.

—Mi nombre es Inca Garcilaso —respondió él. (¿Sabe usted, mi querida, cuánto disfruté de las obras del príncipe de las letras mestizas allá en las tardes soleadas de Monterrey bajo el techo de mi padre?) Sin embargo, sus ojos algo toledanos, como queriendo volver a la fortuna, me hacían apostar por su homónimo Garcilaso, pues parecía que ya de la patria, ya del bien era apartado²—. Y estoy aquí, bajo este árbol que casi es, llorando porque he de alejarme para siempre de mi querida Perú.

Su propia noche triste, pensé, y le dije: —Usted se exilió a España después de la muerte de su padre, tal como yo. Somos más que hermanos de letras y de mestizaje.

—Usted me conoce.

Y ahí fue que el entendimiento nos cruzó. Éramos dos refugiados en tierra extranjera, todavía extraños en la propia.

—Leí sus Comentarios reales cuando tenía diecisiete, pero un par de erratas desafortunadas hicieron a nuestros antepasados andar en cuernos y vivir como sabandijas3. Los impresores, que eran de mi pueblo, no conciliaron el sueño en dos semanas.

—Las erratas no me quitan el sueño, pero una vez, declamando, solté un ¡ay!, y perdí el interés por hablar en público.

—Ciertamente.

Y nos vi partir a bordo de un trasatlántico que casi nos hace naufragar.

Ahora despierto, el aire fresco sólo me ha hecho bien cuando lo he combinado con una fuerte infusión aromática a buena temperatura —¿le llegan a usted aún resabios de una fragancia de hojas de té?

¡Ah, pero si he sido distraído! Mis andanzas y simplezas me han entretenido de extenderle mis saludos: ¿cómo está usted? Me alegraría poder verla de nuevo uno de estos días. ¿Vendrá alguna vez a México? Recuerde que sigo esperando mis ejemplares de Sur.

Me despido de usted porque ya ni la pluma me alcanza para asir su recuerdo entre tanto ensueño de tiempos pasados y viajes. Acaso solo baste el dulce sueño de la almohada.

Hasta luego mi señorita de la Pampa, mi marquesa de O.

Tu flor azteca

 
1. Referencia a la obra de Heinrich von Kleist, La marquesa de O…., y apelativo para Victoria Ocampo. Véase Índice onomástico.
 
2. Se refiere al verso 19 de la Égloga III de Garcilaso de la Vega (cfr. etc.)
 
3. La edición original de la obra mencionada por A.R. Inca Garcilaso de la Vega: Primera parte de los Comentarios Reales. Lisboa, 1609. La edición con las erratas no fue posible consultarla.

 

007