Sol de Monterrey

Su primer mañana en Monterrey la pilló por sorpresa: el sol no había salido por donde debía. Se la pasó asomada a la puerta la entera tarde, sin traspasarla ni acostumbrarse a esta nueva trayectoria. No comió en todo el día y el atún se le echó a perder en la lata. Intentó remediar la situación durmiendo con los pies apuntando a la cabecera y hasta movió la cama a la esquina más apartada de la ventana, pero el sol siguió saliendo por donde no le tocaba. Regresaba a Juárez todas las veces que le era posible para sosegarse viendo anochecer la tarde mientras saboreaba un helado y caminaba por las banquetas, pero cuando volvía a casa era de nuevo lo mismo. Comenzó a desvelarse, a rondar la calle por las noches, a despertar con el sol en el cenit. Eso calmó un poco sus ansias. Salía a las compras a eso de las 3 y regresaba rápido, para no ver qué lado del horizonte recibía al astro rey para dormir. También cambió sus horas de trabajo, olvidó unos antiguos pesares, pero siguió soñando con llanto y avenidas desiertas. Se empezó a olvidar del reloj, sobre todo después del otoño, del cambio de horario, las noches cada vez más largas y el cumpleaños de su madre al que no pudo asistir. La máquina dejó de regir sus momentos de actividad o reposo; la dirigían en cambio las necesidades básicas espontáneas, como comida, bebida, aseo o sueño. Lo que importaba era echar un vistazo por la ventana y saber que el sol caía en un ángulo más o menos recto para poder salir. ¿Y en qué día del mes estaba? Tampoco eso sabía. Luego la pilló por sorpresa un hijo. Hizo sus maletas, regresó al otro lado del cerro y cuando despertó la primera mañana con el sol saliendo del este le colgó un seguro a su vestido y se encerró a llorar.