Segador 1ra parte

Era un día despejado y soleado. Los intensos rayos del sol cubrían todo a su paso y en un sendero pequeño y solitario, una persona caminaba. Era de baja estatura, su cuerpo entero estaba cubierto por un manto viejo de color café claro, su semblante estaba oculto por la capucha, pero su mirada se mantenía fija en el camino de enfrente. Se detuvo. Delante de él ya no había un camino, sólo una profunda y larga grieta que le cortaba el sendero.

A varios kilómetros, pero vista claramente, se levantaba orgulloso el reino de Fior. Un reino independiente de todos los demás, que se encuentra localizado en la cima de una cadena de montañas.

La misteriosa persona observaba por largos minutos. Bajo la capucha, los ojos de este individuo no perdían de vista su objetivo.

♦ ♦ ♦

Jessenia andaba por los caminos de Fior, como de costumbre, una gran multitud se apilaba desesperada para verla pasar. Todas las personas se quedaban calladas, observándola con ojos grandes llenos de una extraña devoción. A pesar de los susurros de algunos hombres, se alcanzaban a escuchar unos pocos comentarios:

—Es ella—decía uno.
—Qué hermosa es—decía otro.
—¡Es una diosa que camina entre mortales!—exclamaba otro.

Los comentarios eran en su mayoría exagerados. La joven de dieciocho años, largo cabello recogido hacia atrás, grandes ojos azules, piel tersa y suave, voz clara y una figura bien marcada, era el símbolo de la belleza de Fior. Lo más destacado de la joven era su largo cabello de tinte inusual, pues su color era un tono plateado azulado. La muchacha tenía un lindo rostro, pero estaba lejos de poseer una hermosura que le hiciera acreedora de halagos tan extremos.

Toda la gente allí apilada la observaba como si fuera una diosa entre simples plebeyos. Esto, para la mayoría de las personas, hombres o mujeres, seguramente sería algo muy cómodo y agradable. Salir a pasear en un día común y corriente y que inmediatamente después de salir, la gente te recibiera con grandes elogios y gratos regalos. Aun cuando no has hecho nada para merecerlos.

Jessenia caminaba entre toda esa gente con una sonrisa forzada en su terso semblante. Sus ojos reflejaban un intenso vacío que difícilmente podía ser llenado. Las personas continuaban gritándole todo tipo de halagos, estos eran dulces y gentiles, pero para la chica, eran irritantes y molestos. Jamás les decía nada, pero desearía que dejaran de comportarse como tontos. Ella no había hecho nada para merecerse todo ese cariño. ¡Ya estaba harta de todo! Harta de ese falso cariño que le predicaban, de esa molesta amabilidad injustificada. Solo deseaba que todo terminara.

Sabía que esto no ocurriría. Pues estaba maldita. Condenada a pasar el resto de su vida teniendo que soportar esas falsas muestras de cariño. Todos decían amarla y quererla, pero la cruel realidad era que nadie la conocía. De pequeña estaba contenta y hasta feliz, pero en algún punto de su infancia, ese cálido sentimiento se había perdido. Nadie la veía como era realmente. Nadie hablaba con ella como si fuera una mujer normal. En su interior, la desesperación crecía y sabía que no podía hacer nada.

“¿Por qué tuve que pedir ese tonto deseo?” se dijo dentro de su mente. Ahora debía pagar con las consecuencias.

Caminaba pasando a la gente, ignorándolos, así como ellos ignoraban los sentimientos de ella. Sólo en breves ocasiones les dedicaba una sutil mirada llena de una falsa alegría. A las personas que la recibían, creían que ése era el mejor día de sus vidas. Pero entonces algo ocurrió, algo que sacudió el desolado corazón de la joven.

Entre la muchedumbre, la joven logro distinguir un par de grandes ojos azules, estos eran fríos como el hielo y estaban pegados a una mirada afilada como un cuchillo. ¿Qué era ese extraño sentimiento que comenzaba a brotar de la joven? Observó a las demás personas, todos continuaban con sus bobaliconas miradas y sus ridículas sonrisas llenas de una aparente felicidad. Ninguna persona, salvo por él, la miraba con ojos fríos y distantes. Cuando regresó la vista al lugar donde estaba esa persona; había desaparecido.

“¿Habrá sido mi imaginación?” pensó y continúo su camino.

Claro que debió haber sido cosa de su mente, nadie, ni siquiera el más misántropo de los individuos, podía resistir los misteriosos encantos de Jessenia. Regreso al palacio real tras una larga caminata para despejar su mente.

El día le dio paso a la noche. Las doncellas le preparaban la cama a la chica mientras ésta contemplaba desde el palco de su habitación la intensa luz de la luna. Recordando aquel suceso ocurrido hace ocho años, bajó la vista. Las luces de las viviendas se veían diminutas y adorables, y más allá, tierras desconocidas.

Las doncellas se retiraron de sus aposentos después de informarle que la cama estaba lista. La joven continúo contemplando la lejana luna que orbitaba en el firmamento, finalmente le dió la espalda y se internó en su habitación. Se recostó en la amplia y suave cama, pero antes de cerrar los ojos y dejarse llevar por el sueño, el recuerdo de esa mirada fría y afilada apareció en su mente.

Jessenia comienza a dormir preguntándose si en verdad había sido su imaginación.

♦ ♦ ♦

En esos momentos aún no sabia nada, sólo era una joven ignorante de los sucesos que estaban a punto de llevarse acabo. Había alguien que observaba desde algún lugar a Jessenia dormir en su habitación.

—El momento se acerca—dijo una voz áspera—, no podemos darnos el lujo de imprevistos.
— ¿Imprevistos?—mencionó una segunda voz.
—El segador está en el reino, puedo sentir su poder. Está cerca—continuó esa misma voz áspera.
— ¿Qué haremos?
—Adelantar nuestros planes. Reúne a las tropas, no permitan que el intruso interfiera, encuéntrenlo y mátenlo. Yo me dirigiré al altar, en pocas horas la luna habrá alcanzado su punto máximo. Organiza un grupo y vigilen a la chiquilla, la muy tonta continúa durmiendo.

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En ese momento, fuera del castillo, la misma persona que caminaba por el solitario sendero se encontraba de pie sobre la rama de un árbol, observando el alcázar mientras el viento agitaba sus viejas prendas.