Manhattan Skyline

Veo la lluvia caer desde mi asiento en el automóvil. El día está como para llorar. Completamente gris y repleto de nubes oscuras que sueltan lágrimas por doquier. El viento también ha hecho presencia dejándonos algo de frío con su roce.  A mi lado, él maneja sin decir palabra alguna, lo veo perderse en las llanuras, en el vacío que todo esto va dejando. Somos sólo él y yo y el extraño mundo que levantamos alrededor. Ese mundo al que ambos pertenecemos, nuestro mundo, tan bizarro, tan lleno de nosotros, de lo que teníamos y lo que no. Lo que nunca nos faltó.

Miro por la ventana para evitar que nuestras miradas se encuentren. El viento y la lluvia me traen las palabras de una vieja canción, y como leyendo mi mente, mi compañero enciende aquel reproductor de música que solía escuchar años atrás. Sé perfectamente qué grupo y qué canción elegirá.

 

We sit and watch umbrellas fly; I’m trying to keep my newspaper dry. I hear myself say “My boat’s leaving now” …so we shake hands and cry. Now I must wave goodbye…

 

El aeropuerto está cada vez más cerca y con ello la despedida.

Él llegó a mi puerta pasada la media noche. Con cara seria y ojos distantes me dijo que si no había alguien que me llevara al aeropuerto, él podía hacerlo. Le dije que nadie se había ofrecido hasta entonces, que aceptaba su oferta. Mentí, ya había alguien dispuesto a llevarme, pero me sorprendió tanto verlo parado ahí a media noche que no pude evitar simplemente aceptar lo que me decía. Supongo que es lo menos que podíamos hacer después de pasar más de dos años así, uno al lado del otro, conociéndonos cada vez más.

“Me voy a Europa por un año” le dije.  Él sólo sonrió y con esos ojos tan suyos me deseó la mejor de las suertes. Así éramos a veces. Faltaba el tiempo y las palabras adecuadas. Nos limitábamos sólo a desearnos buena suerte, mirarnos un rato a los ojos sin desviar las miradas, abrazarnos y saber que nos importaba lo suficiente. Y eso era parte de lo que teníamos, y sabíamos entonces que había algo más allá, algo que no podíamos decir pero sí comprender, algo tan nuestro que se podía sentir sin la necesidad de decirlo.

 

You know, I don’t want to cry again. I’ll never see your face again. I don’t want to cry again…

 

No hablamos más del tema, como solíamos hacer con la mayoría de las cosas, las decíamos una vez y con eso bastaba. Y qué más podíamos decirnos, qué debíamos hablar o planear. No sentíamos el derecho de preguntar “¿Y qué va a pasar ahora, con esto?”, porque no había nada aunque había mucho. Y así dejamos que los meses pasaran, sin preguntarnos ni decirnos nada. Ignorábamos el hecho de que yo me iba dejando todo esto atrás, disfrutando uno a uno los días restantes. Y nos besábamos y nos tocábamos, y dejábamos que esos momentos juntos se llenaran de perfección. Porque los días a su lado eran días tranquilos y felices. Porque incluso los días en que no hacíamos ni decíamos nada parecían mejor que cualquier otra cosa,  traían un respiro a  todo lo demás; y bastaba también con sólo tomarnos de la mano para que todo estuviera bien, para no sentirnos tan solos, para saber que estaríamos ahí el tiempo justo.

 

We leave to their goodbyes; I’ve come to depend on the look in their eyes. My blood’s sweet for pain, the wind and the rain brings back words of a song, and they sing wave goodbye. Wave goodbye…

 

Siempre me sentí enamorada de él, siempre supe que él marcaría mi vida y me traería los recuerdos más felices que pudiera imaginar, y al mismo tiempo y sin saber por qué, sabía que no sería para siempre. Sabía que en algún momento cualquiera de los dos le daría fin a esto sin decir más, y quizá por eso, me aferré con fuerzas hasta el último momento. Y aún cuando nada era seguro, respetábamos lo que teníamos, nos amábamos en momentos  y con eso era más que suficiente. Y así fue durante los últimos dos años, apreciando algo que yo más bien definiría como lo que buscábamos, lo que llenaba de vez en vez; algo que, en definitiva, yo jamás cambiaría.

 

Wave goodbye, wave goodbye, wave goodbye…

 

Sonrío al escuchar la canción que seleccionó. Me atrevo a mirarlo. Él sonríe como un niño que ha descubierto un nuevo juego, sonríe picaronamente, provocándome. Yo sonrío también, moviendo mi cabeza de un lado a otro, fingiendo desaprobación.

“Te reto a no llorar” me dice.

“Acepto, pero recuerda que la tristeza es un plagio de Manhattan Skyline” le digo sonriendo, repitiendo las palabras que él me dijo en algún momento.

Me sonríe de vuelta y vuelve su mirada al frente.  Yo miro de nuevo por la ventana, viendo la lluvia caer contra el cristal. El día sigue como para llorar, pero nadie va a hacerlo porque se trata ahora de un reto.  Y lo hicimos reto para asegurar que ninguno de los dos llorara, porque a ninguno le gusta perder. Mucho menos cuando se trata de perder contra el otro; contra las emociones.

 

You know, I don’t want to cry again. I’ll never see your face again. I don’t want to cry again…

 

Ambos lo sabemos, que hemos llegado al final de la historia. Que esto, sea lo que sea, termina hoy.  Se puede sentir en el aire, en la lluvia que cae contra el cristal. Y se siente la nostalgia de todo lo que vamos dejando detrás. Como cuando terminas de leer un libro que te ha gustado mucho y te preguntas ¿Y ahora qué? Pero ninguno de los dos dice nada. Lo sabemos, y sabemos también que no hay más que decir. Nada que reprochar, nada que añadir.Detiene el auto, hemos llegado. Ninguno de los dos se mueve. Sin mirarlo a los ojos le tomo la mano y la acaricio como la primera vez que lo hice. Los dedos juegan entre sí, deseándose. Sonrío sin dejar de mirar los dedos que se buscan unos a otros hasta encontrarse. No me atrevo a mirarlo, no me atrevo a decirle nada. Él suspira y me abraza. Y yo lo abrazo y siento su calor. Y me siento feliz de estar ahí con él, por última vez. Después de un momento que desearía alargar para siempre, me separo de él. Es el final del camino, no me seguirá acompañando y lo comprendo.  Las miradas se cruzan, esta vez ni me molesto en desviar la mía. Quiero mirarlo una vez más, mirar aquellos ojos cafés que nunca podré adivinar. Por alguna razón siento la necesidad de expresar con palabras todo lo que dicen mis ojos, pero no puedo hablar. Siento ese nudo que te deja sin habla. Él sonríe y mueve su cabeza en un gesto negativo. Él se ve mucho más tranquilo que yo, que estoy casi a punto de perder el reto.  Respiro hondo y sonrío también. Para qué decirle de nuevo todo lo que ya le dije, todo lo que ya le demostré. Sólo lo haría más difícil y, siendo honesta, no quiero llorar de nuevo. Permanecemos por un momento así, mirándonos y sonriendo. Haciendo gestos con los ojos sin soltar la mano que sujetamos con fuerza.

Lo suelto al fin, me despido sólo con un beso en la mejilla, le guiño un ojo por última vez, bajo del auto y me alejo.

“My boat’s leaving now”.

So I read to myself a chance of a lifetime to see new horizons. On the front page a black and white picture of Manhattan Skyline…