Vamos a jugar

Durante las noches de primavera, el viento trae consigo unos murmullos finos que bailan por los caminos y se esconden detrás de las casas. La vocecita corre por los pastizales y se esconde detrás de los árboles, invitándote a seguirla, con un suspiro suave que te dice “vamos a jugar”, bailotea entre los charcos y se moja los pies en el río, chapotea poco y después mucho mientras se carcajea, parece muy feliz aunque siempre está solo…digo solo porque la voz es de un niño como de nueve o diez años, pero no más grande que yo.

Una vez lo escuché brincar por los techos con su risita suave, entonces se asomó por la ventana y me dijo: “vente, vamos a jugar, estoy aburrido.” Entonces me levanté de mi cama y salí por la ventana, así, despacito para que mi mamá no me escuchara.

Corrimos por la carretera y subimos a los árboles, pero él era más rápido que yo y lo perdí de vista, entonces caminé sin rumbo hasta llegar al panteón del pueblo y lo volví a escuchar.

–¡Ven!, te voy a enseñar donde duermo.

–Espérame, es que corres muy rápido.

—¡Ándale, que ahí viene el sol y todo es muy aburrido cuando amanece! —Y lo seguí. Estaba parado sobre la tumba de mi hermanito. La tumba que no visitamos desde el día que se durmió y lo dejamos aquí.

—¡Vamos a jugar!

—¿No tienes otros amigos o qué?

—No, los que viven aquí son todos viejos y aburridos porque siempre quieren estar dormidos. Nadie quiere jugar conmigo nunca.

—Ah bueno, yo jugaré contigo.

—Entonces escóndete y yo te busco. Pero apúrate porque si llega el sol me voy a quedar dormido.
Mamá me ha dicho que si llego a escucharlo de nuevo, me tape con la cobija hasta la cabeza, que cierre los ojos y duerma hasta que salga el sol, que no debo seguir esa vocecilla porque entonces no regresaré, aunque yo sé que es mentira porque siempre regreso.

—¡Vamos a jugar!